Contra la democracia y contra todos.-
El declive de la democracia se produce por diferentes factores, pero un grueso de los especialistas coinciden que se requiere de dos partes: un aspirante a tirano y una oposición desleal al sistema para acabar con la convivencia pacífica y democrática.
Venezuela no fue la excepción. Pero antes del quiebre definitivo hubo síntomas debajo de la epidermis del entramado socio-político, en lo ético, en la reflexión que conecta lo incorrecto, lo injusto, con la acción y la respuesta intelectiva que amerita determinado estado de cosas: el primer gran síntoma fue el caracazo en el año 1989. La aparición de la ira destructiva en contra de una forma atrofiada de democracia representativa.
En el deseo ardoroso de cualquier revolución, o reacción contra- revolucionaria, hay un conflicto valórica, un ataque a ciertos anclajes sociales, con un impacto en la raíz de las creencias que construyen las prácticas institucionales, políticas, económicas y culturales. Es justamente lo que canaliza Chávez y un grupo no menor de "intelectuales". La continuidad de la ira inducida por años de desconexión de los partidos con la realidad dan cabida a la narrativa, en ese monto al igual que el día de hoy, del outsider al sistema.
La frustración, la corrupción, el deterioro del bipartidismo como sistema de transferencia del poder (puntofijismo), la defraudación de los políticos, el cuoteo como forma de limar asperezas. Indujo a una barrida, un "cambiarlo todo" en el ideario nacional, que siempre nos exije cautela. Los políticos, tienen un especial olfato para aprovechar esa situación, algunos encauzando a las masas desde la "democracia emotiva", término usado por la profesora Adela Cortina para referirse al procedimiento para formar mayorías basado en la emotividad, hasta su deriva en la violencia hacia las instituciones.
La forma clásica de entender la praxis política: como comunicación basada en el diálogo que busca resolver mediante la negociación las diferencias de intereses en un contexto de participación igualitaria. Limitando el poder, para que no degenere en tiranía de la mayoría, aspecto donde el constitucionalismo cumple una función de protección civil de suma importancia. Lo jurídico, el poder judicial, como bisagra entre la red valórica y la política perdía función contenedora. Y la palabra "negociación" comienza a llenarse de un contenido negativo. Eso se capitalizó por el outsider Chávez que llegó maldiciendo el pacto entre "cúpulas podridas". Escenario perfecto para la aparición de la liviana ideología populista que se adhiere a la densa ideología de izquierda haciéndola extrema, por intolerante y violentista. Mismo fenómeno que vemos hoy en las extremas derechas.
Hay síntomas en muchas partes, y diríamos que es la gran dicotomía de nuestro tiempo: democracia - autocracia, o ¿posdemocracia? Todo parece indicar un declive del referente occidental, pues la democracia norteamericana desde la caída del muro de Berlín en el año 1989, ha cumplido esa función cultural. Pero lejos de representar un triunfo definitivo o "fin de la historia", como pretendió Fukuyama, en los actuales momentos esa guía es borrosa.
En EEUU algunos líderes basados en una reconstrucción de la identidad nacional o en el intento por mantener la "pureza de la sangre del país" ante la creciente ola migratoria. Por la nostalgia del pasado glorioso que muchos anhelan, se afanan en socavar los valores funcionales a la lógica igualitaria democrática. Ya lo vimos con el asalto al Capitolio en el año 2021, uno de los hechos más increíbles de la historia reciente, donde un grupo no menor reivindicó la violencia como forma de destruir la política consuetudinaria de dicho país. Un grupo antipolítico.
La principal potencia económica -en otrora indiscutible- hoy en disputa, se niega a perder la batalla económica y apuesta hasta su liderazgo cultural, incluído su liderazgos democrático asentado sobre pilares liberales. No pocos republicanos se sienten cómodos con el liderazgo de Putin, otro nostálgico de una identidad perdida y un propulsor de la ira destructiva. El gran Alexis de Tocqueville no sé que diría en su "Democracia en América", si le tocará escribir un par de páginas el día de hoy.
No sé qué hace pensar a algunos analistas políticos venezolanos que será diferente con nuestro caso. Que Trump, con un posible triunfo, tendrá un ataque, ya no de delirio sino de bondad, y nos elevará a categoría de fin. Cuando en días pasados justamente los republicanos que lo promueven negaban la ayuda a Ucrania, o la usaban de moneda de cambio, sin considerar la importancia de lo que esa lucha tiene para occidente.
Si toda descomposición tiene un origen espiritual inmanente, es lógico pensar que toda reconstrucción debe comenzar por lo urgente: nosotros como objeto de reflexión filosófica. La reconstrucción de la democracia amerita una profunda reflexión del ser venezolano.
Que desde un cómoda sofá en el extranjero, no entendamos que hay gente en un país plagado de necesidades, que espera que se construya una opción electoral a la que puedan recurrir, más allá de complejos análisis político y de odios personales, es mezquino. Hay una demanda urgente de canalizar la ira a lo interno. Y no puede ser canalizada con el medio que nos trajo al día de hoy: la ira destructiva, ira de la que todos fuimos testigos y parte, y que nos valió muchas derrotas. Soy de la tesis que si esa ira es conducida a un objetivo, generará condiciones favorables para un estruendoso estallido democrático. Sería el primer paso de nuestra reconstrucción social y política. Porque más allá del incuestionable hecho de sabernos sin fuerza para lograr concretamente una sustitución del poder, la convicción de un valor y la suma agregada también es una poderosa fuerza.
La democracia es también un sistema de valores, que si se enarbolan con convicción, con una estrategia realista y pragmática, como se ha demostrado en diferentes lugares, puede producir el milagro de la democracia. Una de esas partes es justamente el país que me ha acogido en estos últimos años; Chile. Que por cierto, nota aparte, a los pocos meses de llegar ví la ira destructiva y su justificación en medios de comunicación, y en un grueso de la sociedad y analistas: Lo que se llamó el "estallido social" del año 2019. Frenada por una solución política que derivó en la apertura al diálogo constitucional, aspecto que demostró el funcionamiento de la red de valores que sostuvieron el embate contra sus instituciones. La democracia es un milagro. No es la regla histórica, es y ha sido siempre la excepción. Su cuidado es una tarea ciudadana de máxima importancia. Y la ira destructiva y la violencia debe ser criticada indubitablemente de donde venga.
Quizás el contexto nos impone un reto mayor, por esto saco a colación el momento histórico actual. La civilización entera vive cambios profundos, una crisis posmoderna de valores. Después de los desastres del siglo XX creíamos que el sistema democrático basado en el respeto a las libertades y responsabilidad individual se expandería sin más por todo el mundo. Total, la lógica de la igualdad tiene profundas raíces religiosas, podemos decir, que las religiones abrahámicas cuentan con esa lógica, solo pudiendo excluir al hinduísmo, es decir aún cuando tengamos en nuestro ADN cultural la lógica igualitaria, no podemos ni hemos podido cantar victoria, y mucho menos hoy.
El venezolano tiene a su alcance reconstruir su visión de la política cimentada por años sobre la ira: "el golpe y estado" como diría Uslar Pietri. Sustituirla por valores democráticos. Reflexionar sobre su importancia concreta. Tejer un entramado valórico más resistente que hagan viable una real negociación. Quizás así, estaremos listos para lograr un cambio pacífico en Venezuela.
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